Todo lo que pasó entre marzo y ahora difícilmente puede escribirse brevemente. Vale decir que han pasado muchas cosas (obviamente, ni la vida de un par de estudiantes de posgrado puede ser tan poco movida): que la guagua es niña y se llama Julieta, que entre medio nos dijeron que iba a tener que nacer más o menos por ahora porque tenía una condición peligrosa llamada vasa previa—y que terminó siendo un error de diagnóstico—, que nos cambiamos de casa a un departamento de estudiantes un poco más grande, para poder hacer caber a la nueva inquilina, que terminé un semestre que resultó ser muy pesado, que estudié para mi examen de master—que ya di—, que este último mes y medio mi mamá ha estado acá conociendo… y así. Siempre pensé que entre una cosa y otra iba a escribir, pero nunca encontré el tiempo o las ganas para hacerlo hasta ahora.
Sin dudarlo lo más importante es Julieta. Todo ha girado en torno a ella en diferentes sentidos. El día que nos dijeron que tenía lo de la vasa previa lo sufrimos todo y lloramos y no entendíamos por qué, y todo eso. Luego nos fuimos tranquilizando, yendo más lento y procurando que todo estuviera bien para la semana 36, la fecha límite entonces, y que es hoy, de hecho. Muchos planes tuvieron que ser cancelados, otros modificados. La vasa previa es en general una condición complicada, en que los vasos del cordón umbilical cruzan la cérvix, por lo que si es que se comienza el trabajo de parto, entonces la guagua puede morir desangrada en pocos minutos. De ahí que fuera tan importante una cesárea más o menos por esta fecha. Sole tendría que haber pasado más de un mes internada en el hospital, con monitoreo más o menos constante del corazón de Julieta. Una vez diagnosticada, la condición deja de ser mortal, pero de todas formas la guagua nace un poquito prematura. Y fue hace cerca de siete semanas nomás que sabemos que en verdad el diagnóstico estaba errado. Un error involuntario y más bien de buena voluntad, y nos costó sus buenos días creer que todo estaba bien. Y lo está. La Ju sigue creciendo harto, está sanita y grande, y se supone que va a nacer dos semanas antes, o dos después, del 2 de octubre, por parto normal y la cuestión.
Y así se nos ha pasado el tiempo. Ahora resulta que no hemos podido hacer mucha preparación preparto, por lo que estamos tratando de ver películas medias sangrientas de nacimientos y cosas así. Compramos una cámara nueva en la que intentaré grabar el momento exacto de su nacimiento (procuraré no grabar muy gore). Lo intentaré, realmente, porque tengo que reconocer que me pongo emocional con esto, al punto de que se me salen mis lagrimones de repente cuando estamos en una fila en una tienda de guaguas y cerca de mí hay una guagüita recién nacida. Lo mismo cuando le armé su cuna, o cuando por fin prendimos las lamparitas con ranitas cerca de la cuna, que además tiene su nombre encima (su pieza parece los créditos de inicio de una película). Es decir que yo, el tipo ese que no lloraba con nada, se ha vuelto un llorón, y a mucha honra. Estoy baboso y feliz, y estamos esperando cada vez con más ganas que llegue el momento del parto.
Por otro lado, volvimos a empezar con un nuevo semestre. Enseñó una clase de literatura hispanoamericana a estudiantes de tercer año. Es un curso que me entretiene, y tengo como treinta. Lamentablemente no creo que el número vaya a ser menor (que es un objetivo que se intenta lograr el primer día de clases siendo una mierda de persona, o sea, dando a entender que tu vida es miserable y que no harás nada para no hacerles la vida miserable a ellos). El torpe de yo no pudo hacer nada mejor que sonreírles después de hacer su mejor entrada de diez minutos en que no dijo nada ni los miró. La peor performance del planeta, que sólo pudo ser empeorada con que el torpe de yo, mientras les leía el sílabo súper antipático, les dijera chistes y además les dijera que, si tienen problemas, hasta estaba dispuesto a diseñar un sistema de trabajo extra. Un fiasco. Le achaco la culpa a que me he vuelto un tonto baboso… en verdad ni tanto me importa si me quedo con treinta—claro que no sé si diré eso al momento de corregir los cerca de trescientos trabajos que eso significa. Me pasa por tontón buenote.